Doy vueltas y vueltas en el fondo de un vaso de vino intentando descubrir las preguntas de la vida, el porqué de las cosas, mi filosofía. Termino sofocado por llegar a la conclusión de lo inconcluso, de que el hombre no se compone sino de mentira.
Creemos que nos conocemos unos a otros, que lo sabemos todo del resto y de nosotros mismos, pero no es verdad. El sol naciente que nos alumbra cada mañana se nos aparece ahora en un tono ceniza, apagado, al final de ese cristal opaco tras el vino turbio.
Caminas -deambulas más bien- por la calle a sabiendas de que nada te espera a la vuelta de la esquina, que no tienes nadie que te sorprenda y te sonría de nuevo en un intento por alegrarte el día. Por mucho que deseas que suceda… nada.
Desencanto, agitación y ahogo. No te explicas cómo, pero sabes que está ahí al acecho. Sexo sucio con la puta que parió esta maldita vida; esa sensación que te tira de nuevo contra la cama cuando te levantas por la mañana sin ganas de hacer nada. El tic-tac del reloj golpeándote en la cabeza a cada segundo.
Al final aprendes algo: que no hay nada nuevo tras ese vaso de vino, excepto tú y la muerte en una partida entre iguales. Vives pagando el plus de no sabes si despertarás al día siguiente. Una aventura infumable, pero a la vez sólo apta para atrevidos. Una experiencia digna de vivir.
Por favor, devuélvanme mi depresión.
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para escuchar… Joaquín Sabina – Eclipse de mar