Despedirse para siempre de alguien es suponer la muerte de esa relación, creer que nuestro destino no nos regalará una noche más la compañía de esa persona, su voz al otro lado del café.
Las promesas se dicen sin saber uno si las cumplirá, bien por compasión o por el mero hecho de mantener una llama viva en la esperanza. Más aún, en ocasiones uno cruza los dedos tras unos ojos brillantes y picarones que se saben mentirosos, pero se ocultan bien tras la sonrisa amable y expectante de quien recibe nuestra promesa
Somos como hablamos más que como pensamos. Aunque debieran coincidir el lenguaje de nuestras palabras con el de nuestros pensamientos, sabemos que no es verdad. No por ello somos mentirosos. Por eso mejor no prometer un regreso, aunque se esté muy seguro de que se producirá, en esta vida o en otra, el reencuentro.
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para escuchar… Mozart – Lacrimosa (de Requiem)