La vida (de funcionario) apesta

La vida apesta. Salía del tren sintiéndome un funcionario más, quizá cartero o aspirante a oficinista nocturno sin aspiraciones a más ni espacio a los sueños. El caso es que venía por la calle detrás de tres mujeres realmente feas, entradas en esa treintena en la que los intentos por agarrar un buen marido o una polla que llevarse a la cama suelen ser tan desesperados como las historias de perros escapando del infierno. El síndrome de Sexo en Nueva York, lo llamo yo. Hablaban de cremas y de un estante y de aloe vera en un frasco que se absorbe bien y les deja la cara tersa. Mierdas, me dije, no os hace falta. Necesitáis un milagro. Al girar la calle no se volvieron, cruzaron y entraron en el mismo edificio que yo. Piso ocho. El ascensor hizo la conversación entre ellas insoportable, les deseé una posible buena tarde y que alguien se apiadara de ellas. Ocho horas por delante, la mente puesta en cualquier lugar menos en las noticias de gente muriendo y la agenda cultural para el fin de semana.

No somos nadie, pensé, no somos nadie.

Una respuesta para “La vida (de funcionario) apesta”

  1. Tiene razón no somos nadie. Hoy en día se desea que aparentemos ser algo, a pesar de las miserables implicaciones que esto suma a la ya de por sí miserable condición humana, además de todo… hay quienes se aferran por no ser alguien si ello implicar ser algo… la nada ya lo decían los filósofos existencialistas es la posibilidad del todo o de nada pero en todo caso es la única oportunidad genuina de ser.

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