Sus últimos versos

Encerrado en aquella habitación, el tiempo y la distancia ahora inexistentes en su vida hacían que todo el dolor que sufría no fueran sino una forma más de pasar el rato, una afición a la que sacarle provecho. Horas y horas, libretas y libretas, sus garabatos en el papel eran lo único que le disuadían de cometer una locura; bajo esas líneas escritas con tinta china se ocultaba una navaja de doble filo que un desamor había clavado en su pecho, y escribir era la puerta hacia ese mundo de los sueños del que le habían hablado tanto.


Ahora sacrificaba todo su talento al servicio de su vieja máquina de escribir. Era la única que no le abandonaría nunca ni pondría cara de idiota cuando repasaba esas cartas de amor infinito que jamás recibían respuesta. No sabía por qué, pero creía que las palabras que daban pie a su último escrito serían las últimas que escribiría en vida. Nunca más se escribirían versos de amor con tanto contenido y sentimiento como los que aquella noche derramara en su cama con un gemido de dolor imperecedero. No volvería a llamarla más, borraría su nombre del listín y huiría como un cobarde al escuchar su nombre, pero tenía que hacer un último esfuerzo en dedicarle sus delirios en forma de dolor romántico.


La historia es la de siempre, no hay por qué ocultarla. Un ramo de flores encendidas con el fuego de su corazón y unas copas de vino que sincerarían hasta al más escéptico y tímido que hubiera sobre la tierra. Declaró su amor con la misma delicadeza con que la que había alimentado cada momento que pasara con ella. Pero el olor de las flores (lirios y rosas) esparcido por la habitación dejó una explosión de placeres irredentos que se había vuelto en su contra, ya que lo recordaría hasta el fin de los días. No escuchó ninguna respuesta que no fuera el silencio. Habría matado por fundirse con ella en un beso eterno que tanto había imaginado desde el día que la conoció.


Fue una noche, en aquel antro oscuro que frecuentaba, donde aquella noche encontró en su mirada una luminosidad que le despertó del letargo en el que se había sumido con los sonidos de la música progresiva maltratando sus oídos. Se presentó con tímidas palabras y sonreía como un tonto.
Tras ese día, horas de café y profundas charlas en las que le aconsejaba sobre lo poco que sabía de la vida. Para él —pobre iluso— esos días que parecían años habían hecho brotar una semilla que se retroalimentaba del cúmulo de sensaciones que estaba empezando a sentir. En esas tardes hablaban de todo con la confianza que deja el sabor del vino: sus miedos, sus ilusiones, las pasiones y el futuro, el pasado… Cada momento con ella significaba el contar las horas que restaban para su próximo encuentro.


Ahora ella era su musa. Su cuaderno se había convertido en un soliloquio de poemas dedicados a ella y sólo a ella. Escribía canciones que sólo se atrevía a cantar en silencio por el miedo de que el eco de su voz llegara a sus oídos por culpa de un viento traidor. Conspiraba con miles de versos —muchos de ellos ripiosos— cómo sería ese amor que palpitaba en su cama cuando se acostaba. Le estaba consumiendo. Sus únicos momentos desocupados los había dedicado a componer una obra maestra que nunca daba por acabada. Una historia que no terminaba de encajar, un rompecabezas cuyos personajes eran él y ella, y nadie más tenía un papel en este teatro de los sueños.


Pero llegó ese día que, inesperadamente, suponía una ocasión increíble para contarle todo aquello a lo que daba tantas vueltas últimamente. Ella era lo único que paseaba por su cabeza noche tras noche, que no le dejaba pegar ojo y que le quitaba hasta el apetito. Ella, que alimentaba su amor, le estaba destruyendo por dentro y tenía que poner fin a todo aquello. Con voz temblorosa, la cogió por las manos y le dijo todo aquello que había llevado oculto con sigilosa discreción. Esa sonrisa de idiota que tienen los enamorados se le escapó antes de decirle que estaba dispuesto a terminar con todo su pasado y vivir un futuro en el que ella ocupara todas sus acciones. Los dedos sudorosos se separaron lentamente para dejar paso a una mirada perdida en el suelo. Ella no se lo esperaba, estaba claro, aunque a no ser que fuera tonta cualquier persona se daría cuenta de la manera en la que le brillaban los ojos cuando la miraba. Se calló unos instantes y sólo abrió la boca para pedirle una respuesta. Había hecho el ridículo, y tenía que desaparecer para siempre.


No sabía por qué, pero esta sensación amarga con intenciones de dèjá vu le era tan familiar que no debería maltratarse por ello. No tenía que acobardarse y sentirse culpable por un crimen que no había cometido. No, no era su problema. Había hecho todo lo que estaba de su mano por vivir un cuento de amor que no había tenido un final feliz.


Aquella noche, por fin, había escrito en unos pocos versos todo lo que le quedaba por soñar. Había escrito una historia con tinta olor a lirio y rosas: mi derrota.

 

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para escuchar… La Cabra Mecánica – Copla del viudo del submarino

7 comentarios to “Sus últimos versos”

  1. “…y logré que esta vez
    los fantasmas pagaran la cuenta
    yo tiro otra vez, y ahora
    yo sé lo que tengo que hacer
    conseguirme otro par de zapatos…”🙂

  2. Al menos lo intentó, si no lo hubiera intentado permanecería siempre su duda en la cabeza…o si no cuantas futuras parejas nunca se formarán por no decirse nada. Un saludo

  3. esos crímenes perfectos, que te dejan con el sabor de una falsa derrota… menos mal que si reaparece el sentido del humor todo es más cínico y uno moldea los recuerdos a su gusto…

    abrazos amigo!

  4. “No abuses de mi inspiración,
    no acuses a mi corazón
    tan maltrecho y ajado
    que está cerrado por derribo.
    Por las arrugas de mi voz
    se filtra la desolación
    de saber que estos son
    los últimos versos que te escribo,
    para decir “condios” a los dos
    nos sobran los motivos.”

    A veces la tristeza saca nuestras palabras más bonitas.

    Besos

  5. Habrá quien prefiera recalcar la derrota. Yo me centraría en la valentía.

    Precioso, sin más.

    besos

  6. PD: te importaría si te enlazo?

  7. solo te digo se justo con el amor si no ala mierda el father michel de pacha

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