De cafés y silencios

La noche de Madrid fue, durante tantos años, esa mezcla de artistas y periodistas de la que nos habla Umbral en sus libros. Todo giraba en torno a unos cuantos escritores, más o menos vividores, toreros, dramaturgos y algún que otro músico. La vida sociocultural se movía entre el Gijón, Chicote y el Ateneo. Hoy todo se ha perdido, gracias a ese afán por modernizar la ciudad que terminará por destruir el poco romanticismo que aún queda latente en sus calles.

Uno, que es amante de la oscuridad, dedica su tiempo a barzonear la ciudad en busca de rincones, ya que no se resiste a perder los placeres de las tertulias de antaño. En esas estábamos, mi amigo F. y yo, dejándonos comprender tan sólo por la honrosa soledad de los cafés y las mojadas aceras, cuando llegó hasta nuestros oídos la melancolía hecha sonido. Allí, en mitad de aquella vigilia primaveral anticipada, fuimos espectadores de un concierto improvisado por parte de músicos callejeros, todos con instrumentos de viento.

El recital comenzó con el Canon de Pachelbel y culminó con el Invierno de las Cuatro Estaciones de Vivaldi, ambas obras maestras interpretadas por los violines y violonchelos de aquellos cuatro magos venidos de la Europa del Este. Uno, que es de lágrima fácil, se emocionó al imaginarse que provendrían igual de Varsovia o Praga, ciudades que ama, y donde descubrió por primera vez la importancia de los silencios dentro de la música. El silencio, hoy reconvertido por la sociedad en un lujo difícil de encontrar, es uno de esos pocos placeres que recorren la piel del hombre hasta hacerle sentir un frío castigador, pero hedonista.

Nietzsche escribía, con gran parte de razón, que sin música la vida sería un error. No fue hasta esa noche cuando lo descubrí, tras esa mezcla de sonidos y ausencias donde toda palabra resultaba ya impertinente. Nuestro camino prosiguió en un pequeño antro donde se reunían bandoleros como Luis Candelas, gloria viva del Madrid castizo. Ahora es una cueva con varias mesas y un pianista tocando zarzuelas donde los extranjeros y unos pocos perdidos como nosotros beben sangría mientras le dan a la lectura de las frases célebres que adornan las paredes. La que más nos sorprendió, por sentirnos identificados, fue la que decía: “Habrá siempre soledad para quienes sean dignos de ella”. Amén, pensamos al unísono. Era el colofón idóneo para una velada que se atrevía a inquietarnos a cada instante, con una sorpresa tras otra.

La primavera, impaciente, tornó de nuevo al invierno más crudo, y sentados en la terraza del Gijón volvió la nieve sobre Madrid. Unos pequeños copos que hizo que todo pareciera un sueño. Un sueño que embotellamos para bebérnoslo más tarde, junto a aquellas sinfonías que guardamos en el cajón de la memoria, regalo de aquellos poetas del viento que vinieron del Este.

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para escuchar… Nacho Vegas – Nuevos planes, idénticas estrategias

 

2 comentarios to “De cafés y silencios”

  1. Instantes necesariamente creados para recordar,
    y mientras el frio.. de nuevo😉

    Un beso niño… y esa canción es una de las muchas que siempre viene conmigo

  2. ufffff muy buen texto , por lo que diria 1que eres una persona de edad o que a tu edad piensas las cosas de una manera diferente.
    comentando lo publicado diria que eres un buen escritor aunque , quizas en lo del romanticismo no pensemos igual , yo creo que el romanticismo es personal y aunque el contexto, las calles o el ambiente no sean propicio para este las cosas se dan dependiendo de las personas .
    eso pos un gustazo haber leido tu blog y que ojala pases por el mio
    http://mental-subjetivo.blogspot.com
    Omar

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