Barcelona es una canción… (I)

“Lo peor de todo es cuando sales de tu sueño para volver a la vida rutinaria, después de todo el tiempo gastado en descubrir la ciudad en sus rincones y en las personas. Todo empezó al leer un lema que atrajo la mirada: Avui pot ser un gran día…”

Día 1
A veces las grandes urbes pasan desapercibidas en toda la marabunta de coches y edificios que conforman el paisaje casi lineal en que se han visto transformadas, llegado el nuevo milenio. Hay miles de maneras de vivir las ciudades, como hay formas increíbles de recorrerlas. El viajero decide salir de madrugada hacia Barcelona, la ciudad condal, para en dos días recorrer al máximo posible retazos de canciones y fragmentos literarios que ha ido recogiendo en su memoria con la capital catalana como protagonista.

Lo primero que llama la atención, en los momentos previos del desayuno que han preparado en la mesa a base de café con miel, es el avión de juguete que reposa en la estantería del comedor. Japan Airlines. Tras meterse el souvenir en el bolsillo, la próxima vez que vea la luz sea a bordo de una motocicleta que le lleve a volar en la parte alta de la ciudad. El Tibidabo es ahora un parque de atracciones que guarda el sabor añejo que mantienen sus atracciones. Destaca el aeroplano bimotor Piper Twin Comanche que sobrevuela el recinto desde 1928, año de inauguración de la línea Barcelona-Madrid. Una primera estampa se refleja en la cámara fotográfica, un carrusel similar al de la película de Amelie de Jean-Pierre Jeunet. El anfitrión, apuntalando el motivo de la visita, recuerda una canción de José Ignacio Lapido. El carrusel abandonado. A uno le impresiona verse inmerso de pronto en historias de otra época, enfundado con unas gafas y un casco de cuero dirigiendo aquel avión de la JPA en las alturas.

La bajada en Vespa se hace ligera. Es fácil moverse entre los coches si sabes cómo. La siguiente parada será buscar a Gaudí en Gaudí. Entre las calles del Carmel, aquel barrio que se derrumbó por unas obras mal planificadas, se encuentra el Park Güell. Los turistas abarrotan ya la plaza principal pese a la hora temprana que es. La sensación de llegada a uno de los grandes centros neurálgicos de la Cataluña modernista se da a la entrada, donde un músico toca a Serrat . Mediterráneo parece más bien una declaración de intenciones, una llamada a recordar que los entresijos del Parque están preparados para recibir el sonido de las notas musicales de una manera envolvente, llevando al espectador a sentirse barcelonés por un día, a querer ser catalán por unas horas. La piedra y los mosaicos simbolizan también notas musicales.

Para enlazar con el mismo Gaudí, aún en la retina, acudimos raudos hacia la Sagrada Familia, obra póstuma del genial arquitecto de Reus. El templo, aún inacabado, se ha convertido en uno de los símbolos reflejados en las postales. Dos turistas se acercan pidiendo que les hagamos una foto bajo las torres de la Crucifixión, con la calavera al pie de la cruz. Hablamos con ellos largo y tendido sobre lo que significan muchos de los factores de la fachada, su simbología y las mágicas fórmulas matemáticas que Gaudí dejó a sus sucesores para que siguieran construyendo la escultura. Todo parece realizado de manera aleatoria, con elementos dispares, pero no en este caso. La naturaleza es imitada de una manera casi imposible. La pareja de turistas, bolivianos, se marchan agradecidos. No deja de ser gracioso que un tema del otro lado del atlántico aparezca junto a la tumba del arquitecto, y que éste sea el Lamento boliviano de Enanitos Verdes; lamento que algunos parecen sentir de emoción a las plantas de la Sagrada Familia.

Siguiendo nuestra ruta literaria, no podíamos dejar pasar la Estació del Nord, lugar donde tantas despedidas se hacen realidad, para aparcar la motocicleta y seguir el recorrido a pie por el Barrio Gótico. Queremos ver por fuera la Iglesia de Santa María del Mar, que inspiró a Ildefonso Falcones en su libro La Catedral del Mar. Antes de llegar, y casi sin esperarlo, una caligrafía enorme ilustra una pared naranja con un texto del poeta catalán Joan Salvat-Papasseit: “camí de sol/per les rutes amigues/unes formigues (camino del sol/por las rutas amigas/unas hormigas)”. En realidad, uno no deja de verse sorprendido por aquella gran portada impresa en papel de hormigón.

A través de las angostas y solitarias calles de la Judería, donde destaca la antigua sinagoga, bordeamos la plaza de Sant Jaume, enfrentando el edificio de la Generalitat de Catalunya y el Ayuntamiento barcelonés. Nuestra primera parada de la mañana será en la Plaza Real. La historia personal del viajante se entremezcla con las nostalgias de la música de Andrés Calamaro, que será mencionado en varias ocasiones, justo al llegar a la fuente donde el argentino se recrea en Todo lo demás. Junto a la fuente brotan dos de los clubes de música más importantes en cuanto al nivel de sus conciertos: el Jamboree y el Sidecar. En el primero han tocado artistas de la talla de Ella Fitzgerald, Tete Montoliú, Joan Manuel Serrat o “la trompeta de terciopelo” de Chet Baker, poco antes de su suicidio.

El Sidecar es un feudo del rock nacional. El cantautor argentino Sergio Makaroff ha esperado sentado en Color en el blanco y le robaron la mountain bike en la Plaza Real en Tranqui Tronqui. El viajante repara en que los bancos de la plaza son de una sola plaza; la razón es tan sencilla como evitar que los vagabundos que se sientan en ellos acampen allí durante las noches. Vemos algunos de estos preparando su festín de almuerzo con vino de por medio, así que nosotros decidimos ir también a comer.

En Barcelona hay una especialidad que no hay que salir sin haber probado: la “butifarra del país” del Viena. Degustamos una junto al Triangle de la Plaza de Catalunya. Al salir, ya en una tienda de libros y discos (no podía ser menos), nos tropezamos con uno de los escritor más conocidos de la ciudad. La casualidad nos lleva frente al autor de La Sombra del Viento, Carlos Ruiz Zafón, quien sin duda contribuyó a que el lector mundial se acercara hasta los parajes donde se desarrolla la novela. La compra se compone de una biografía de Serge Gainsbourg y un poemario de Leopoldo María Panero. En busca de la moto, necesitando ya un descanso, pasamos por delante del Museo Picasso y un santuario funerario al estilo mexicano con la imagen de la artista plástica Frida Kahlo en un altar. Se celebra el día de los difuntos.
Ya por la tarde, cuando comienza a anochecer, resolvemos asistir a un concierto para darnos algo de tregua. Las piernas ya empiezan a flojear después de toda la jornada. Los elegidos son Gastelo, un grupo de Santander con los que hacemos buenas migas. Hablamos del negocio de la producción y de la salida en el mercado de los nuevos grupos. Suenan bastante bien, sobre todo por la dulzura de la voz de Vicky, su cantante solista.

La noche es un paseo simbólico por la gastronomía típica de Cataluña. Las tapas que se ofrecen en las tabernas del Barrio de Gràcia son casi insuperables. La rumba catalana tuvo su máxime apogeo en los años sesenta, con la aparición de El Pescaílla, natural de aquí. El aroma y la musicalidad de las callecitas y plazuelas del distrito se disuelven entre los cines-club, los mercados y las terrazas. Ponemos fin al día, cómo no, hablando de música en el Bar Verde, donde no paran de sonar David Bowie y The Sunday Drivers. Ya en casa, antes de ir a dormir, realizamos ua grabación casera de Héroe de Leyenda, de Héroes del Silencio. Así nos sentimos nosotros, héroes por un día…

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