Barcelona es una canción… (y II)

Día 2
En un principio nos levantamos tarde, puesto que en domingo la ciudad amanece dormida. Arrancamos la motocicleta por las calles vacías del Eixample para llegar a desayunar a Montjuïc, disfrutando de las mejores vistas del Puerto y la Villa Olímpica. En el trayecto nos da tiempo a recordar todos los artistas que han actuado en el Mercat de las Flors, hoy reconvertido en centro de danza.

Tras contemplar el skyline de Barcelona, aprovechamos la hora para ir a comer a la playa de la Barceloneta, tomando la Ronda del Litoral. Repostamos en una pequeña fonda uruguaya escuchando tangos de Gardel mientras preparaban la comida. El dulce de leche y la empanada aquí son exquisitas. Nos despedimos de la señora, natural de Montevideo, y volvemos junto a la arena. La sensación que provoca el mar es similar a un placebo experimentado en estados de calma extremos. Es dejarse llevar por la brisa y trasladarse a cualquier lugar del mundo. A veces uno tararea canciones que le recuerdan momentos de alegría. En mi caso es El hombre que casi conoció a Michi Panero, de Nacho Vegas.

El Raval es el antiguo Barrio Chino de Barcelona, en el distrito de Ciutat Vella. El Raval es una muestra de por qué Barcelona es especial. Allí confluyen personas de todas las etnias y razas posibles (pasando con la moto por la Rambla vemos hindúes, africanos, judíos, etc.). El edificio que más llama la atención es el del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona, donde asistimos a una exposición de las mejores fotografías periodísticas del mundo. En la plaza hay un gran cartel con las declamaciones del verbo ravalejar/ravalear, donde es obligado realizar algunas fotos. Se nota un gran caos ordenado dentro de este submundo.

En la zona hay varios cafés literarios que son necesarios para comprender un poco más la cultura del barrio. Huyendo de los lugares donde el café es sólo cuestión de minutos, hay varios locales que permiten al cansado viajero degustar libros en compañía de una taza caliente. Paramos en uno en la calle Joaquím Costa. En la estantería, los dedos recorren los distintos tomos hasta reparar en El Principito, del maestro de viajeros Antoine de Saint Exupéry. Es un libro especial por varios motivos, pero el fundamental es que el lector recupera la infancia a través de un viaje por los sueños del Petit Prince.

Antes de marcharnos, leemos un fragmento de Belén Gopegui, La conquista del aire. Entre sus páginas uno será capaz de descubrirse a sí mismo, en darse cuenta de que “lo triste no es estar solo, sino empeñarse en ignorar la soledad”. Viajar soluciona los problemas de soledad, y uno cree concluir que ese es el principal motivo de esta visita a Barcelona.

Seguimos paseando por las calles del Raval, descubriendo rincones donde se rodaron videoclips de canciones, como el gran corazón de neón rosa donde Calamaro cantaba Corazón en venta. Uno no puede dejar de silbar por dentro la de Corazón de neón, de la Orquesta Mondragón, homenaje a todas estas grandes ciudades que habitan el alma de las personas.

El tiempo se acaba. Hacemos acopio de una frugal cena en el hogar del anfitrión. Vemos vídeos del neoyorquino Elliott Murphy (especialmente emotivo el de On Elvis Presley’s birthday) y David Gray. Al final, a modo de despedida, nos abandonamos a Fito Páez y a su Naturaleza Sangre, en directo desde el Gran Rex de Buenos Aires.

El viaje comienza a tocar su fin. Los sentimientos se agolpan en cada metro recorrido, en cada canción que han recordado. Barcelona se despide del viajero, y éste se vuelve para mirar si no hay nadie detrás, como los ángeles escondidos en El Cielo sobre Berlín. Promete un regreso, quizá eterno, a la ciudad donde dejó abandonados sus sueños.

 

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“En la terraza de un café hay una familia gris. Pasan unos senos bizcos buscando una sonrisa sobre las mesas. El ruido de los automóviles destiñe las hojas de los árboles. En un quinto piso, alguien se crucifica al abrir de par en par una ventana.
Pienso en dónde guardaré los quioscos, los faroles, los transeúntes, que se me entran por las pupilas. Me siento tan lleno que tengo miedo de estallar… Necesitaría dejar algún lastre sobre la vereda…
Al llegar a una esquina, mi sombra se separa de mí, y de pronto, se arroja entre las ruedas de un tranvía.”

 

(Oliverio Girondo)

2 comentarios to “Barcelona es una canción… (y II)”

  1. Barcelona en motocicleta. Me suena a novela de Marsé, Desaparecido. Otros tiempos, quizá mejores.

    Michi Panero. Michi Panero.

  2. me ha gustado mucho la canción de barcelona
    y la frase de gopegui…enorrme
    saludos

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