Al lado del camino

Me quedo a oscuras en la inmensa soledad de Madrid, escuchando de lejos a Fito Páez. El maestro de Rosario me estremece cada vez que suena “Un vestido y un amor” al piano, y qué se yo que tendrán las canciones.

Hace tiempo que no escribo: por falta de aventuras reseñables, o por la sequía que me asola debido a mi nueva situación de comodidad, en la que no me encuentro del todo a gusto. La vida es más compleja que esto, tiene que serlo, me digo cada noche que permanezco sin dormir. Empiezo a sentirme mero espectador de mi vida, como si permaneciera simplemente al lado del camino, sin responsabilidades sobre mis actos.

A veces, por costumbre, tomo algunas notas de aquí y de allá. Me cuesta perderlo todo tan pronto, los recuerdos, los olvidos. Me provoca un profundo miedo escribir: los poemas, las canciones… con los que ya no me atrevo. Son superiores a mí.

Salgo a mirar por la ventana, mientras los ojos pronto se acostumbran a la oscuridad de la noche de Madrid, pero no a su imnensa soledad.

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